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ENTREVISTA A MARIO CAMUS, ESTELA DE ORO DE LAS LETRAS DE CANTABRIA 2017

 

 

 Por Jesús Herrán, de ediciones Valnera, febrero 2017

 

PREGUNTA: Mario, tú naciste en Santander, ¿qué recuerdos tienes de aquella ciudad de tu  niñez?

RESPUESTA: 

Nací en la calle Concordia, sí. Cuando tenía cinco años se produjo el incendio de la ciudad. Mi padre tenía una sastrería, que se quemó, y nos fuimos al pueblo donde había ido a vivir la familia de mi madre, mientras mi padre intentaba poner de nuevo en marcha su negocio. Mi abuela materna era de la localidad vizcaína de Carranza, pero el pueblo del que hablo era Vernejo, una aldea de Cabezón de la Sal. Fui a la escuela en Hontoria, y en 1944 me vine de nuevo a Santander para ir al colegio de los Hermanos de La Salle. Del pueblo traje muchas cosas buenas, que me sirvieron para ganarme respeto: yo era el único que conocía el nombre de los pájaros y de los árboles.

Aquél Santander ha desaparecido casi por completo. Ya no se canta en los bares como se cantaba, ya no existen los cines, ya casi no hay personajes típicos… Quizás por eso no suelo volver por las calles que frecuenté en la niñez. No quiero perder el buen recuerdo que guardo de ellas.

 

P: Precisamente fue en el pueblo, y gracias a un maestro al que luego rindes homenaje en uno de tus relatos, donde fuiste por vez primera al cine…

R: El maestro, don David, dejó una gran huella en mí. Con él no había banderas, ni filas, ni alabanzas a la madre patria. Era un adelantado a su tiempo. Tenía un concepto muy moderno de la pedagogía. Con él fuimos cierto día al cine, en mi caso, por primera vez. Nos desplazamos andando hasta Cabezón de la Sal, al cine que había en el colegio de las monjas. La película que vimos fue Raza. Como puedes imaginar, la película no me interesó nada, y sólo recuerdo la escena de los frailes en la playa. Y la emoción de enfrentarme por vez primera al milagro de las imágenes.

Con don David tuve la suerte de encontrarme recientemente, yo con casi ochenta años y él con los noventa muy superados. Fue una especie de milagro literario. Uno de sus hijos había leído el relato en el que yo hablaba de su padre [‘Los primeros amigos’, en el libro 29 relatos] y llamó a la editorial Valnera para localizarme. Concertamos una cita en Torrelavega y allí estuvimos charlando un buen rato. Fue muy emocionante.

 

P: En el colegio de La Salle tuviste una activa participación deportiva…

R: Sí. Regresé para hacer el Bachiller. Allí empezó mi «carrera» deportiva. Me apunté al equipo de baloncesto y quedamos campeones de Cantabria tras haber luchado contra equipos no sólo escolares, sino también de empresas. Algunos jugadores nos doblaban la edad. Aún recuerdo la cancha, que era de carbonilla, y cuando volvía a casa mi madre tenía que sacarme con unas pinzas las piedritas que se me habían clavado en las rodillas.

Luego se organizó un torneo europeo de estudiantes católicos y a mí me seleccionaron. El campeonato fue en Ostende (Bélgica) y ganamos todos los partidos.

Cuando marché a Madrid a estudiar Derecho estuve en el equipo universitario de rugby. El deporte siempre me ha interesado mucho y me sigue interesando, aunque ahora ya solamente como espectador, claro.

 

 

P: Dices que empezaste a estudiar Derecho. ¿Fue por vocación?

R: No, qué va. Yo quería estudiar Filosofía en la Universidad de Oviedo, pero según mi padre, aquello no era práctico. Al final, decidimos que lo mejor era que estudiara Derecho. Y como mis amigos de la playa me habían contado que estaban a punto de abrir un colegio mayor nuevo, que querían que fuera el mejor en todo, me propuse entrar en él. El colegio se llamaba José Antonio y yo logré que me admitieran en calidad de deportista. Fui miembro de la promoción que lo estrenó. Pero el Derecho no me atraía. Procuré ir aprobando las asignaturas hasta alcanzar la edad de 21 años, que era cuando se podía entrar en la Escuela de Cine. Tuve incluso que escribir una carta al catedrático de Derecho Romano, una asignatura que se me atragantaba. En la carta le confesaba que no sabía nada de la materia, pero le decía también que no pensaba dedicarme a la abogacía, sino al cine, y que necesitaba seguir estudiando en Madrid hasta que pudiera ingresar en la Escuela. Y que mi padre no me iba a permitir repetir curso. Debí de conmoverle, porque me aprobó.

 

 

P: Y llegó la Escuela de Cine…

R: El primer año de la Escuela (1957-58) coincidí con Borau y Chus Lampreave, entre otros. Tuve como profesores a Antonio del Amo (Dirección cinematográfica), José Gutiérrez Maesso (Guión), Fernández Cuenca (Historia del cine), Camón Aznar (Historia del arte), Joaquín de Entrambasaguas (Filmoliteratura) y el padre Félix Landáburu (Deontología). Ese primer año, la práctica consistía en rodar un solo plano por parejas. Yo lo hice con Borau. De ese grupo inicial de la escuela de cine sólo pasamos el curso José Luis Borau y yo (en junio), y otros dos en septiembre.

En segundo curso coincidí con Manuel Summers, Miguel Picazo, Martín Patino, Horacio Valcárcel y Francisco Prósper, todos repetidores.

En aquellos años me influyeron mucho más los compañeros de la Escuela que los profesores. Aprendíamos con nosotros mismos. Imagínate una concentración de muchachos de diversas provincias, todos obsesionados por el cine, no tanto de ser directores, ni de ser guionistas, sino necesitados de charlar sobre esos fenómenos de los que venía poca información en los periódicos, salvo críticas rutinarias. Estábamos todo el día en los pasillos, discutiendo, aprendiendo…

 

P: Luego, como director, optaste en muchas ocasiones por adaptar obras literarias.

R: Quizás porque siempre he sido un gran lector. Mi madre decía que a una edad muy temprana (yo creo que exageraba por amor de madre) ya iba leyendo todos los carteles que me encontraba por la calle. Borges decía que estaba orgulloso, si no de lo escrito, sí de todo lo que había leído. Salvando las distancias, lo mismo me sucede a mí.

Además, tuve mucha amistad con Daniel Sueiro, Ignacio Aldecoa, Luis Martín Santos, Claudio Rodríguez… y luego la suerte de poder adaptar obras de Miguel Delibes, Camilo José Cela, Benito Pérez Galdós, Federico García Lorca…

Cuando hay escritas grandes obras literarias, me parece de justicia intentar adaptarlas. Yo siempre lo he tratado de hacer con el máximo respeto. Y los escritores también han sido muy respetuosos con mis adaptaciones: todos sentían fascinación por el cine y, en buena medida, todos consideraron que una película es un medio de expresión diferente y, aunque se pretendan idénticas emociones, el camino que se recorre es muy distinto y, como tal, siempre me respetaron.

 

 

P: ¿Has llegado a la Literatura por ser escritor y adaptador de guiones?

R: Quizás sí, pero el guión de cine no pertenece a género literario alguno. Su principal característica es la transitoriedad. Nos sirve de guía no sólo al director, también a la producción, los actores, el operador, el diseñador de vestuario, el decorador, la secretaria de rodaje, el ayudante de dirección… Y esas peripecias y sucesos vienen limitados por la ausencia de procesos interiores y por el desarrollo de una historia en la hora y media o dos horas que dura la película. Aunque se conozcan bien la novela, la obra de teatro y las demás formas literarias, no se está preparado para la escritura del guión, que exige un lenguaje muy específico, con el requisito fundamental de la síntesis. A diferencia de la narrativa literaria, en un guión no es posible extenderse en descripciones del tiempo o la vestimenta o la forma física de un personaje; y se ha de contar con dos brochazos el conflicto que en una novela puede estar narrado en varias páginas. En cuanto se consigue convertir su contenido en imágenes, su existencia carece de sentido.

En cuanto a mi llegada a la literatura, siempre me he considerado como un intruso. La literatura es algo muy serio. Yo me he acercado a las letras con mucho respeto, intentando contar algunas cosas de mi vida con el mejor estilo posible, pero, repito, siempre como un intruso.

 

P: Y siempre recreando escenas de tu vida, antes que inventando historias…

R: Cuando desde Valnera Jesús Herrán y Ángeles de la Gala me animaron a escribir, lo hice tratando de responder a un puñado de preguntas que me he hecho en diversas ocasiones. Nunca tuve ocasión de reflexionar sobre lo que se fue quedando atrás. He sido dueño de un tiempo escaso y muy ocupado. Los días eran cortos para tantas cosas como debía intentar; los años se sucedían a una velocidad endiablada.

Ahora, la nave se ha detenido. Y en este descanso nervioso que me ha tocado vivir me he enfrentado a las viejas preguntas. He intentado remontar el río del tiempo y asomarme a aquellos territorios que una vez frecuenté y donde me fui aprovisionando para hacer frente al largo recorrido. Y de todo ello hablo y todo rememoro en mis dos libros publicados hasta ahora: 29 relatos y Quedaron estas cosas.

 

P: Mario, ¿qué te parece esta distinción de la Estela de Oro de las Letras de Cantabria?

R: Te lo he dicho antes: me siento un intruso en esto de la literatura. Estoy agradecido, al tiempo que doblemente abrumado. Quien me conoce sabe que no me gustan los homenajes, que los rehúyo siempre que puedo. Pero, repito, me siento muy agradecido de que la Sociedad Cántabra de Escritores haya pensado en mí. Es un honor que no merezco.